La duda

«Mío, mío». Se aferraba al tobogán para que otros niños no subieran. El padre intenta calmarlo, hablarle, abrazarlo, pero grita más y más: tiene claro que el tobogán es suyo y nadie más puede jugar en él. Nota la punzada de las miradas de todo el parque. Agarra al niño con fuerza y emprende la vuelta a casa. De camino, va pensando:

«Tendría que explicarle lo importante que es compartir, pero de momento me lo llevo para que los demás niños puedan jugar. Además, con este agobio que arrastro: el paro que no alcanza, que no encuentro trabajo, la factura de la luz sin pagar y el frío que hace en casa, el dinero que me reclaman del alquiler pasado… buf, mejor cuando pase todo esto y esté más calmado. Sí, ya se lo explicaré más adelante, porque, si no, será el típico niño egoísta que no respeta a los demás y nadie querrá jugar con él. Si no le hablo, pensará que todo es suyo y solo le importará lo material: primero será la bici, luego la moto, después el coche… se preocupará más por tener que por cultivarse y ser buen ciudadano y, ya verás, acabará montando una de esas empresas en las que no se respeta al trabajador, que solo son números, así se hacen algunos tan millonarios, que a base de acaparar lo tienen todo y les sobra el dinero, y ganan más y más y más…»

Llegaban a la puerta de casa. El niño espetó con severidad: «Esta casa es mía». El padre no supo si alegrarse o temblar.

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Pájaros

Gustaba de escuchar hablar a los pájaros. De lejos eran pájaros cantando, pero si se acercaba y afinaba el oído podía escuchar, bajo el silbido, un murmullo, como un chismorreo a través del cual las dos aves compartían sus pensamientos. Observó también que si se acercaba demasiado, los pájaros dejaban de hablar y adoptaban un aire de disimulo. Uno de ellos adquirió el hábito de carraspear. Así que decidió alejarse y escuchar a los pájaros con un amplificador de sonidos que situó estratégicamente y bien camuflado en la cornisa. Veía entonces de lejos a los dos pájaros cómo se comentaban cosas y se reían, mientras le miraban de soslayo. Se sorprendió mucho, pero tras mantenerse horas a la escucha y observando, se cercioró de que los pájaros hablaban de él y siempre se burlaban y lo miraba con desprecio. El del carraspeo se atrevió incluso a imitar sus andares. Indignado, apagó el amplificador y corrió al baño en busca de un espejo. Así fue cómo descubrió que tenía monos en la cara.

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La balsa

Flota, pero no olvida que las maderas que pisa son troncos de árboles que hoy lo llevan por la corriente abajo. Se deja llevar o a ratos dirige la balsa a un lado o al otro, pero nunca lucha contra la corriente. El paisaje va cambiando y el aire es cálido y frío a un tiempo. A veces, siente un fogonazo y, entonces, arrima la balsa a una ribera y se sienta en la orilla a contemplar pasar el agua y así queda horas, sobre la cálida arena, tan solo observando. Luego se alzará, entrará de nuevo en el agua acogedora y, unido a ella, seguirá bajando el río sin saber hasta cuándo, sin saber hasta dónde.

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Para ser minúsculo (2)

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Para ser minúsculo, conviene levantarse en cuclillas. Si usted durmió en su cama, álcese solo la mitad. Si durmió en un futón, incorpórese a medias. Si se quedó traspuesto en el sofá, simplemente déjese caer. Una vez en la posición que hoy ejercitamos, camine por el pasillo imitando a un pato hasta llegar al baño, colóquese ante el lavabo e intente alcanzar el grifo para lavarse la cara. Probablemente sus manos no le alcancen. Utilice entonces el taburete de su hijo pequeño para subirse a él y, sobre esta tarima infantil, abra el grifo del agua fría, llene de ella sus manos y láncela sobre su cara a fin de refrescarse y sacudirse la modorra. Sin duda, usted despertará de golpe y se verá a sí mismo empequeñecido, apenas visible en el espejo.

Es de vital importancia interiorizar mentalmente la postura. Una vez lo logre, incorpórese solo físicamente para vivir su vida cotidiana con el disimulo que nuestra ciencia requiere: su mujer, sus hijos, su jefe, el vecino o los compañeros de trabajo le verán a usted naturalmente erguido sin percibir que en su fuero interno usted se ha minimizado. 

Repita este ejercicio durante cinco jornadas consecutivas hasta adquirir el hábito de pensar en cuclillas. No es desaconsejable si, al sentir agujetas mentales al final del día, se toma un ibuprofeno. 

El vacío

Cuando entendió que al unir dos problemas sacaba una solución, se le creó un vacío. Al principio era un vacío pequeño. Decidió meter la cabeza a ver qué había, pero lo encontró vacío. Metió un hombro y se removió en la obertura hasta lograr agrandarla y ya con el brazo dentro lo agitó, como quién saluda desde lejos, por ver si atrapaba algo, pero sólo palpó un vacío más grande. Frotó su cuerpo de nuevo contra la viscosidad del agujero y ya con los dos brazos dentro los agitó de nuevo, y el vacío creció un poco más. Puso sus manos a ambos lados de la boca y gritó con toda la fuerza de su mente, por si hubiera allí alguien más, pero el vacío no devolvió ninguna voz, ningún eco. 

Angustiado por la incertidumbre, puso las manos sobre sus costados y haciendo fuerza con las piernas intentó salir, extraerse de aquella nada intrigante, pero no tenía dónde apoyarse y a cada esfuerzo caía un poco más en el vacío. Ya con la cintura en la obertura se rindió a lo inevitable y se dejó llevar por la mucosidad que impregnaba la entrada y le empujaba más y más hacia lo incógnito. 

El vacío se extendía ya mucho más allá de su cabeza. No podía abarcarlo con su mirada. Se preguntaba qué haría ahora que sus problemas habían desaparecido, de qué iba a lamentarse y qué poca cosa iba a ser él, sin una pesadumbre que le otorgase el prurito de estar vivo, cuando unas manos lo arrastraron más adentro aún del vacío, lo levantaron en volandas y lo azotaron con energía en el trasero y, claro, rompió a llorar. Lo llamaron Manolo. Hoy vive en un inmenso vacío.

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Para ser minúsculo

Para ser minúsculo, antes hay que ser pequeño, saber encogerse en la ropa. No es fácil aprender. Podemos empezar por lo más accesible, por ejemplo, ser invisible ante un camarero o dar los buenos días sin esperar a recibirlos. También sirve cruzar un paso de cebra con determinación, pero este ejercicio es solo recomendable para egos grandilocuentes sin posibilidad de salvación. Nosotros, los que aún podemos redimirnos, debemos minimizarnos como el que anda de puntillas por la noche para no despertar a la familia: poco a poco y con mucho sigilo. Sobre todo en este estado iniciático, pues la primera norma para lograr un día ser minúsculo es el disimulo de los primeros pasos, no compartirlos con nadie, que nadie sepa su disposición anímica a empequeñecer, porque si alguien se entera, amigo, si alguien logra ver la miniatura de si mismo que anhela, ¿estará usted a la altura?

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El regalo

Puso sus ojos limpios sobre los míos y me dijo:

–Papá, quielo que llueve.

–Ay, guapo, es que hoy no va a llover. Mira, no hay nubes.

El niño miró hacia la ventana, devolvió sus ojos a los míos y con las cejas apretadas insistió:

–Sí, papá coge el móvil y llueve.

–No, guapo, papá no puede hacer que llueva con el móvil. Mira, aquí te dicen qué tiempo va a hacer… ¿Ves? Aquí hay un sol, aquí una nube con un sol, pero no hay lluvia.

El niño agachó la cabeza. Él volvió a sus juguetes y yo, a mi libro.

Hacia el final de la tarde, el estruendo de un trueno levantó nuestras cabezas. Al otro lado de la ventana, una lluvia repentina y rabiosa, un chaparrón inesperado, golpeaba los cristales.

El niño se levantó como un resorte y corrió hacia la ventana. Se quedó quieto, admirando el agua que ya empezaba a empapar, también, sus ojos. Me puse a su lado para contemplar la lluvia. Entonces me cogió la mano, alzó la humedad de sus ojos hacia los míos y me dijo:

–Gracias, papá.