El vacío

Cuando entendió que al unir dos problemas sacaba una solución, se le creó un vacío. Al principio era un vacío pequeño. Decidió meter la cabeza a ver qué había, pero lo encontró vacío. Metió un hombro y se removió en la obertura hasta lograr agrandarla y ya con el brazo dentro lo agitó, como quién saluda desde lejos, por ver si atrapaba algo, pero sólo palpó un vacío más grande. Frotó su cuerpo de nuevo contra la viscosidad del agujero y ya con los dos brazos dentro los agitó de nuevo, y el vacío creció un poco más. Puso sus manos a ambos lados de la boca y gritó con toda la fuerza de su mente, por si hubiera allí alguien más, pero el vacío no devolvió ninguna voz, ningún eco. 

Angustiado por la incertidumbre, puso las manos sobre sus costados y haciendo fuerza con las piernas intentó salir, extraerse de aquella nada intrigante, pero no tenía dónde apoyarse y a cada esfuerzo caía un poco más en el vacío. Ya con la cintura en la obertura se rindió a lo inevitable y se dejó llevar por la mucosidad que impregnaba la entrada y le empujaba más y más hacia lo incógnito. 

El vacío se extendía ya mucho más allá de su cabeza. No podía abarcarlo con su mirada. Se preguntaba qué haría ahora que sus problemas habían desaparecido, de qué iba a lamentarse y qué poca cosa iba a ser él, sin una pesadumbre que le otorgase el prurito de estar vivo, cuando unas manos lo arrastraron más adentro aún del vacío, lo levantaron en volandas y lo azotaron con energía en el trasero y, claro, rompió a llorar. Lo llamaron Manolo. Hoy vive en un inmenso vacío.

Photo by Zachary DeBottis on Pexels.com

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