La duda

«Mío, mío». Se aferraba al tobogán para que otros niños no subieran. El padre intenta calmarlo, hablarle, abrazarlo, pero grita más y más: tiene claro que el tobogán es suyo y nadie más puede jugar en él. Nota la punzada de las miradas de todo el parque. Agarra al niño con fuerza y emprende la vuelta a casa. De camino, va pensando:

«Tendría que explicarle lo importante que es compartir, pero de momento me lo llevo para que los demás niños puedan jugar. Además, con este agobio que arrastro: el paro que no alcanza, que no encuentro trabajo, la factura de la luz sin pagar y el frío que hace en casa, el dinero que me reclaman del alquiler pasado… buf, mejor cuando pase todo esto y esté más calmado. Sí, ya se lo explicaré más adelante, porque, si no, será el típico niño egoísta que no respeta a los demás y nadie querrá jugar con él. Si no le hablo, pensará que todo es suyo y solo le importará lo material: primero será la bici, luego la moto, después el coche… se preocupará más por tener que por cultivarse y ser buen ciudadano y, ya verás, acabará montando una de esas empresas en las que no se respeta al trabajador, que solo son números, así se hacen algunos tan millonarios, que a base de acaparar lo tienen todo y les sobra el dinero, y ganan más y más y más…»

Llegaban a la puerta de casa. El niño espetó con severidad: «Esta casa es mía». El padre no supo si alegrarse o temblar.

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La balsa

Flota, pero no olvida que las maderas que pisa son troncos de árboles que hoy lo llevan por la corriente abajo. Se deja llevar o a ratos dirige la balsa a un lado o al otro, pero nunca lucha contra la corriente. El paisaje va cambiando y el aire es cálido y frío a un tiempo. A veces, siente un fogonazo y, entonces, arrima la balsa a una ribera y se sienta en la orilla a contemplar pasar el agua y así queda horas, sobre la cálida arena, tan solo observando. Luego se alzará, entrará de nuevo en el agua acogedora y, unido a ella, seguirá bajando el río sin saber hasta cuándo, sin saber hasta dónde.

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