Para ser minúsculo (2)

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Para ser minúsculo, conviene levantarse en cuclillas. Si usted durmió en su cama, álcese solo la mitad. Si durmió en un futón, incorpórese a medias. Si se quedó traspuesto en el sofá, simplemente déjese caer. Una vez en la posición que hoy ejercitamos, camine por el pasillo imitando a un pato hasta llegar al baño, colóquese ante el lavabo e intente alcanzar el grifo para lavarse la cara. Probablemente sus manos no le alcancen. Utilice entonces el taburete de su hijo pequeño para subirse a él y, sobre esta tarima infantil, abra el grifo del agua fría, llene de ella sus manos y láncela sobre su cara a fin de refrescarse y sacudirse la modorra. Sin duda, usted despertará de golpe y se verá a sí mismo empequeñecido, apenas visible en el espejo.

Es de vital importancia interiorizar mentalmente la postura. Una vez lo logre, incorpórese solo físicamente para vivir su vida cotidiana con el disimulo que nuestra ciencia requiere: su mujer, sus hijos, su jefe, el vecino o los compañeros de trabajo le verán a usted naturalmente erguido sin percibir que en su fuero interno usted se ha minimizado. 

Repita este ejercicio durante cinco jornadas consecutivas hasta adquirir el hábito de pensar en cuclillas. No es desaconsejable si, al sentir agujetas mentales al final del día, se toma un ibuprofeno. 

Para ser minúsculo

Para ser minúsculo, antes hay que ser pequeño, saber encogerse en la ropa. No es fácil aprender. Podemos empezar por lo más accesible, por ejemplo, ser invisible ante un camarero o dar los buenos días sin esperar a recibirlos. También sirve cruzar un paso de cebra con determinación, pero este ejercicio es solo recomendable para egos grandilocuentes sin posibilidad de salvación. Nosotros, los que aún podemos redimirnos, debemos minimizarnos como el que anda de puntillas por la noche para no despertar a la familia: poco a poco y con mucho sigilo. Sobre todo en este estado iniciático, pues la primera norma para lograr un día ser minúsculo es el disimulo de los primeros pasos, no compartirlos con nadie, que nadie sepa su disposición anímica a empequeñecer, porque si alguien se entera, amigo, si alguien logra ver la miniatura de si mismo que anhela, ¿estará usted a la altura?

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