La duda

«Mío, mío». Se aferraba al tobogán para que otros niños no subieran. El padre intenta calmarlo, hablarle, abrazarlo, pero grita más y más: tiene claro que el tobogán es suyo y nadie más puede jugar en él. Nota la punzada de las miradas de todo el parque. Agarra al niño con fuerza y emprende la vuelta a casa. De camino, va pensando:

«Tendría que explicarle lo importante que es compartir, pero de momento me lo llevo para que los demás niños puedan jugar. Además, con este agobio que arrastro: el paro que no alcanza, que no encuentro trabajo, la factura de la luz sin pagar y el frío que hace en casa, el dinero que me reclaman del alquiler pasado… buf, mejor cuando pase todo esto y esté más calmado. Sí, ya se lo explicaré más adelante, porque, si no, será el típico niño egoísta que no respeta a los demás y nadie querrá jugar con él. Si no le hablo, pensará que todo es suyo y solo le importará lo material: primero será la bici, luego la moto, después el coche… se preocupará más por tener que por cultivarse y ser buen ciudadano y, ya verás, acabará montando una de esas empresas en las que no se respeta al trabajador, que solo son números, así se hacen algunos tan millonarios, que a base de acaparar lo tienen todo y les sobra el dinero, y ganan más y más y más…»

Llegaban a la puerta de casa. El niño espetó con severidad: «Esta casa es mía». El padre no supo si alegrarse o temblar.

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El regalo

Puso sus ojos limpios sobre los míos y me dijo:

–Papá, quielo que llueve.

–Ay, guapo, es que hoy no va a llover. Mira, no hay nubes.

El niño miró hacia la ventana, devolvió sus ojos a los míos y con las cejas apretadas insistió:

–Sí, papá coge el móvil y llueve.

–No, guapo, papá no puede hacer que llueva con el móvil. Mira, aquí te dicen qué tiempo va a hacer… ¿Ves? Aquí hay un sol, aquí una nube con un sol, pero no hay lluvia.

El niño agachó la cabeza. Él volvió a sus juguetes y yo, a mi libro.

Hacia el final de la tarde, el estruendo de un trueno levantó nuestras cabezas. Al otro lado de la ventana, una lluvia repentina y rabiosa, un chaparrón inesperado, golpeaba los cristales.

El niño se levantó como un resorte y corrió hacia la ventana. Se quedó quieto, admirando el agua que ya empezaba a empapar, también, sus ojos. Me puse a su lado para contemplar la lluvia. Entonces me cogió la mano, alzó la humedad de sus ojos hacia los míos y me dijo:

–Gracias, papá.