El regalo

Puso sus ojos limpios sobre los míos y me dijo:

–Papá, quielo que llueve.

–Ay, guapo, es que hoy no va a llover. Mira, no hay nubes.

El niño miró hacia la ventana, devolvió sus ojos a los míos y con las cejas apretadas insistió:

–Sí, papá coge el móvil y llueve.

–No, guapo, papá no puede hacer que llueva con el móvil. Mira, aquí te dicen qué tiempo va a hacer… ¿Ves? Aquí hay un sol, aquí una nube con un sol, pero no hay lluvia.

El niño agachó la cabeza. Él volvió a sus juguetes y yo, a mi libro.

Hacia el final de la tarde, el estruendo de un trueno levantó nuestras cabezas. Al otro lado de la ventana, una lluvia repentina y rabiosa, un chaparrón inesperado, golpeaba los cristales.

El niño se levantó como un resorte y corrió hacia la ventana. Se quedó quieto, admirando el agua que ya empezaba a empapar, también, sus ojos. Me puse a su lado para contemplar la lluvia. Entonces me cogió la mano, alzó la humedad de sus ojos hacia los míos y me dijo:

–Gracias, papá.